Archive | December 2013

Salsa holandesa – típico balance de fin de año

Patatitas con salmòn y salsa holandesa
Hacer balance de fin de año un 31 de Diciembre es tan inevitable como escribir la lista de buenos propósitos para la vuelta al cole en Septiembre. Pero extrañamente, no me siento muy filosófica. Debe ser que he agotado mi cupo de auto-psicoanálisis barato para este 2013, una especie de año bisagra que ha puesto a dura prueba mis neuras y la paciencia de los que me rodean. Pero lo puedo intentar.

Qué he aprendido durante este año? Creo que a dejar ir y a dejarme llevar. He soltado los hilos del pasado, esos que se me estaban incrustando en la palma de las manos de tanto apretar y he abandonado prácticamente todas mis áreas de confort, sus sofás apolillados y en realidad incómodos. He pasado tanto miedo que al final ya no me sabía a miedo sino a hastío y llegué a estar tan hastiada que ya sólo me quedaba ser valiente. Más o menos ese ha sido el proceso.

Sí, creo que me he vuelto más valiente. Yo, que soy era una cobardica de libro, que con 15 años di media vuelta delante del Dragon Khan en Port Aventura, hace dos días subí a la montaña rusa más alta de la Warner. Y cuando estaba boca abajo, con el cielo de Madrid a mis pies y el estómago en la boca, simplemente no podía parar de sonreír. Un poco la misma sensación que sentí hace una semana cuando dejé el trabajo para empezar una nueva aventura, adrenalina pura.

Ah, por cierto, la receta que acompaña a estas palabras en realidad no tiene demasiada relación con ellas pero es lo único que he preparado últimamente. En estos días de fiesta la cocina de mi madre es territorio comanche y las incursiones son arriesgadas: la batalla por el último fuego libre es cruenta, puedes salir oliendo a cebolla hasta el fin de tus días y lo peor de todo: puedes pasarte el resto de la tarde lavando cacharros por haberte acercado demasiado al fregadero. No soy tan valiente después de todo.

En fin, os deseo un 2014 valiente, presente, sin límites y por supuesto, muy feliz!

Un toque de pimienta

Dos palabras sobre la salsa holandesa: en realidad, es una salsa francesa como la mayor parte de las salsas con base de mantequilla. Es cremosa, con un punto ácido y transmite esa “richness” que dicen los americanos y que creo está muy relacionada con el nivel de calorías. Lo más típico es comerla con espárragos frescos o usarla para cubrir los huevos benedict de un buen brunch al estilo neoyorkino (he recuperado una vieja foto de 2012 para ilustrarlo). Y en el Gino’s (quién sabe porqué) la ponen con salmón y patatitas como entrante, está de muerte.

Ingredientes:

Para la salsa (unos 25o ml, de sobra para un regimiento)

  • 3 yemas de huevo
  • 175 gramos de mantequilla
  • 3 cucharadas de agua caliente
  • La mitad del zumo de medio limón (es poco, a mí no me gusta ponerle mucho)
  • Pimienta blanca (receta original, pero vale también pimienta rosa o negra)
  • Sal

Para las patatas:

  • 1 kilo de patatas pequeñas
  • 10 lonchas grandes de salmòn

Pasos:

  • Hervir las patatas lavadas y con la piel. Si son muy pequeñas, unos 7-10 minutos bastan (se puede pinchar una patata para ver si está lista). Mi madre no pudo evitar meter mano a la receta y las peló 🙂 pero a mí me gustan al natural, con ese toque a tierra de la piel
  • Preparar las lonchas de salmón sacándolas del envase para que suden y respiren un poco y cortarlas en tiritas
  • Bueno, la holandesa. La salsas francesas a base de mantequilla tienen siempre truco porque se “cortan” fácilmente, sobre todo con los cambios de temperatura. Pero a base de prueba y error, creo que ya sé cuál es el mejor modo de prepararla. Por cierto, en mi opinión esta receta se prepara mejor entre dos personas
  • Poner a calentar un cazo con un poco de agua a baja temperatura (tipo a nivel 4 de una vitrocerámica que va a hasta 10)
  • Colocar un bol grande de metal o de cristal sobre el cazo. Esto servirá para templar el bol y mantenerlo a una temperatura estable durante todo el proceso. Es una especie de baño maría pero sin que el bol toque el agua para que esté más estable y podamos batir en él

Dejo aquí un vídeo en inglés que ilustra bastante bien estos pasos y los siguientes:

  • En otro cazo, poner la mantequilla a fuego muy suave. Se tiene que derretir lentamente sin cocinarse. Este proceso llamado “clarificar” hace que la parte líquida de la mantequilla se separe de sus sólidos lácteos. Cuando toda la mantequilla esté derretida, quitar con una cuchara la espuma blanca que se ha formado en la superficie
  • Apagar el fuego y dejar que la mantequilla se enfríe un poco. Tiene que estar templada para incorporarla a los huevos
  • Mientras, poner las tres yemas de huevo y las tres cucharadas de agua caliente en el bol sobre el cazo a fuego suave y empezar a batir con ganas. Hace falta batir con mucho entusiasmo y resulta agotador para bracitos como los míos, acostumbrados a poco más que escribir a ordenador
  • Batir hasta que las yemas formen una espuma densa que hace hilos al levantar las varillas. Hacen falta unos 7 minutos batiendo de abajo hacia arriba sin parar para lograr este efecto así que es mejor preparar esta salsa a cuatro manos para poder hacer turnos
  • Cuando las yemas estén montadas, apagar el fuego del cazo con agua sobre el que tenemos el bol. Dejar el bol sobre el cazo durante todo el proceso. El calor residual del agua mantendrá una buena temperatura estable para preparar la salsa
  • Añadir muy poco a poco la mantequilla templada, a chorritos cortos sin parar de batir con las varillas. La salsa irá adquiriendo poco a poco un aspecto de mayonesa pero con mucho más aire, más ligera.
  • Finalmente añadir el zumo de limón, también a chorritos cortos sin parar de batir. Añadir un pellizco de sal y un buen toque de pimienta molida
  • Disfrutar recién hecha, templada sobre unas patatitas, un huevo pochado o unos esparragos
  • Si se corta la salsa durante este proceso hay dos soluciones: a. incorporar un hielo al bol fuera del juego y batir con fuerza mientras el hielo se derrite. b.batir una yema de huevo y una cucharada de agua caliente e un cuenco al baño marìa e incorporarlo poco a poco a la salsa cortada

Huevo benedict con salsa holandesa

El sushi de huevo de codorniz y trufa del Kabuki

sushi de huevo de codorniz y trufa blanca

Lo puedo decir? No me encanta el sushi.

Y no entiendo como en Italia, país impermeable a cocinas extranjeras donde los haya, ha podido tener tanto éxito. De verdad que no lo entiendo. Les propones un curry y te levantan una ceja llena de suspicacia, palmeas entusiasta ante un restaurante tailandés (si lo encuentras) y sólo recibes indiferencia. Pero siempre encontrarás un hueco en sus vidas y en sus corazones para comer tiras de pescado crudo mojado en salsa de soja.

No es que no entienda el concepto del sushi. Es verdad que es sutil, equilibrado, que el aroma del pescado fresco  y las hebras de carne tersa se deshacen en la boca. Pero no lo puedo evitar, después de unos cuantos trozos me entran unas ganas terribles de comer algo más fuerte, algo a la plancha, al horno o frito. Un sabor consistente que reconforte el paladar, que me llene. Algo no tan sutil vaya.

Por eso a mí lo que de verdad me gusta son las guarradas “fusión“. El roll de foie con mermelada de higo del Sushi-shop es mi preferido, seguido por el de pollo frito con lechuga y salsa cesar. En Milan he descubierto el roll de salmón con salsa picante y doritos que preparan en el muy pijo y altanero Temakinho, una maravilla. Pero mi primera historia de amor con el sushi fusión, la que nunca olvidaré, la viví en el galardonado Kabuki de Madrid donde me llevó mi padre cuando aún no tenía edad para ir a restaurantes caros.

Recuerdo en particular el sushi de huevo de codorniz con pasta de trufa blanca… Creo de verdad que se me saltaron las lágrimas cuando la yema templada estalló en mi boca y el olor a trufa me subió por el paladar hasta la nariz inundándolo todo como a veces ocurre con el wasabi. Sólo he preparado sushi una vez y fue hace mucho pero hoy en casa de mis padres he encontrado unos cuantos libros de cocina japonesa (incluido el del Kabuki) así que mientras mi madre prepara la cena de Nochebuena y la pongo muy nerviosa, me lanzo a replicar! Wish me luck!

 La cocina del kabuki

Ingredientes

Para el arroz:

  • 2 vasos de arroz de grano redondo para sushi
  • 2 vasos de agua y un poco más
  • 2 cucharadas de sake (vino de arroz japonés)
  • 1 hoja de alga kombu

Para el aliño del arroz:

  • 3 cucharadas de mix en polvo para condimentar arroz de sushi (lo venden en tiendas especializadas, contiene vinagre liofilizado, azúcar y sal)

o

  • 1/3 vaso de vinagre de arroz
  • 4 cucharadas de azúcar
  • 1, 2/3 cucharadas de sal

Para el toque final:

  • 12 huevos de codorniz (o más, lo importante es tener suficientes para reparar errores :))
  • Pasta de trufa blanca de buena calidad (90% trufa al menos) yo la compré en Alba el año pasado. Si es demasiado cara o no se puede conseguir, se puede mezclar o sustituir con pasta de aceituna negra aunque la combinación no es tan perfecta
  • Aceite de oliva virgen bueno (para freír y para rociar en crudo al final, es clave!)
  • Sal Maldon (escamas de sal)

Todos los ingredientes

Pasos:

  • Medir el arroz. Ponerlo en una cazuela baja pequeña. Verter agua fría y lavar removiendo y frotando los granos con las manos. El agua se volverá turbia y blanquecina. Usando un colador, enjuagar el agua y repetir 3 o 4 veces hasta que el agua salga limpia
  • Una vez colada la última tanda de agua “para limpiar“, volver a añadir agua fría a la olla, esta vez la misma proporción que de arroz y un poco más. Añadir un cuadrado de alga kombu y dejar tapado media hora. Este paso no es fundamental, sirve para aromatizar ligeramente el arroz pero me parece más importante para un sushi tradicional de pescado
  • Pasada la media hora, quitar la hoja kombu y añadir las dos cucharadas de sake
  • Poner el arroz al fuego con una tapa sin cerrar completamente. Primero, poner el fuego fuerte, hasta que empiece a hervir. Cuando hierva, bajar a fuego lento (a 4 en una vitro-cerámica que va hasta 10) y dejar hervir durante unos 7 minutos. Este arroz no se remueve
  • Hay que estar atento porque si el arroz se quema se estropeará el aroma. Controlar de vez en cuando el arroz y cuando todo el líquido se haya evaporado, meter una cuchara hasta el fondo de la olla sacando un poco de arroz de todos los estratos para probar. Si el arroz está casi listo pero aún un pelín duro, añadir unas cucharaditas de agua, apagar el fuego y tapar. Así terminará de cocerse con su propio vapor.
  • Mientras, preparar la mezcla de vinagre de arroz, azúcar y sal o abrir el paquete de polvos (yo usé polvos porque mi madre los tenía por casa y son muy típicos en Japón, funcionan genial)
  • Ahora viene el paso clave del arroz para sushi, pero en realidad es más sencillo de lo que parece. Verter el arroz en un bol de madera (mejor sin barnizar para que la madera absorba parte de la humedad).
  • Con una cuchara de madera, remover sin apelmazar. Espolvorear un poco de polvos de vinagre. Remover y de vez en cuando, con un abanico, enfriar el arroz. Probar y repetir. Es importante probar e ir poco a poco. El arroz debe tener un ligero sabor ácido y debe estar sabroso pero no en un modo “europeo”. Debe ser un condimento sutil, sutil es la palabra clave. En cuanto a la textura, debe ser pegajosa pero brillante y con granos nítidos, como “glutinosa”
  • Cuando el arroz esté en su punto, tapar el bol con un trapo y dejar reposar a temperatura ambiente.

Preparando arroz de sushi

  • Mientras, preparar los huevos. Para mí es el paso más difícil porque los huevos de codorniz no son fáciles de abrir. Prueba y error. Hay que dar un golpe seco con un cuchillo a mitad del huevo, desgarrar un poco la cascara con la punta del cuchillo y luego abrir lo mejor que se pueda directamente sobre la sartén caliente porque la clara se sale enseguida
  • Cuanto más caliente esté la sartén (una sartén pequeña con medio dedo de profundidad de aceite), más puntilla tendrá el huevo. A mí nunca me han gustado los huevos con puntilla pero creo que para esta receta es mucho mejor, da textura y color
  • Con una espumadera, apartar los huevos de la sartén cuando la clara se rice y se vuelva blanca. Ah, y es mejor no echar aceite caliente por encima del huevo mientras se fríe porque entonces la yema se cocerá y no estará tan naranja, tan líquida y tan bonita
  • Preparar las bolas de arroz con las manos. Lo más importante es acordarse de mojar las manos con agua porque si no es imposible, el arroz se pega a todo. Hay que hacer un pequeño óvalo con el arroz ayudándose con la palma de la mano o con los dedos cruzados de las dos manos (mano izquierda hacia arriba, mano derecha hacia abajo, los dedos estirados pero huecos y la bolita de arroz entre los dedos de cada mano).
  • Es clave apretar mucho porque si no la bolita de arroz se deshará al cogerla con los palillos o con los dedos. Debe ser muy compacta, pequeña y ovalada.
  • Apoyar la bola de arroz sobre un plato bonito, aplastar un poco la parte superior. Apoyar el huevo sobre el arroz, espolvorear con sal Maldon, colocar un pellizco de pasta de trufa blanca encima del huevo y rociar con aceite de oliva virgen extra.

Perfecto seguido de:

maestrìa con los palillos

Desgranando días – desgranando granadas

Granada lista para picar
Que porqué escribo sobre una granada? En realidad porque llevo dos semanas sin cocinar. Estoy atraversando una especie de fase de bloqueo del escritor en versión cocinera y creo que la causa es mi exposición nula a estímulos desde que el proyecto en el que trabajo entró en modalidad pánico (pánico en sus mejores versiones “dormir-está-sobrevalorado“, “comer-es-de-débiles” o “prueba-a-dar-vueltas-muy-ràpido-sobre-tì-mismo-este-fin-de-semana-a-ver-si-encuentras-una-soluciòn-al-problema”). Esto me ha dado que pensar.

He pensado 1. Que esta vida no es para mí. 2. Que el ser humano no es más que el reflejo versionado de los estímulos que recibe del exterior. No puede crear materia sin materia y además necesita tiempo y espacio mental para que esa materia fermente, germine, mute. Y a mí últimamente lo único que me muta y me fermenta es el humor y las cosas que dejo en la nevera de un fin de semana para otro. Qué ganas de vacaciones…

Pero volvamos a la granada y al gran placer que es desgranarla, meticulosamente, gozando de cada crujido. Las granadas son preciosas, casi mágicas y el primer grano que estalla en tu boca parece la invención genial de un chef de cocina molecular (un poco lo opuesto a una chirimoya) pero es un sabor cansino, así que no hay prisas. La mejor parte es la preparación. Poco a poco, llenar un plato de granos rojos y brillantes, imaginar que son rubíes (sí, todos pensamos lo mismo) y comerlos uno a uno hasta la saturación.

Antes de empezar mi absurdo ensayo sobre cómo pelar una granada, propongo una receta (aunque lleve semanas sin estímulos siempre puedo pescar de recuerdos de infancia). Cuando era pequeña e impresionable vi una película que me perturbó durante mucho tiempo: Como agua para chocolate. Una película sobre la cocina y el amor pasional (demasiado pasional creo para mi edad) y que acababa como el rosario de la aurora. El final me dejó perpleja, hasta entonces creía que todos los amores terminaban en boda…

Tengo curiosidad por volver a verla. Seguramente las escenas tórridas ya no me parecerán tan tórridas (o sí, porque en los años 90 no se andaban con chiquitas) y el final no me parecerá tan traumático pero sobretodo quiero volver a ver dos platos que me fascinaron en su momento: las codornices en salsa de chocolate y pétalos de rosa y los chiles en nogada con granada. Pongo aquí un link a una receta de los chiles que parece maravillosamente compleja, to do list para 2014

Miles de granitos que desgranar

Ingredientes:

  • Una granada buena. Cómo se sabe si es buena? Ni idea, pero creo que es mejor comprarla en el mes de Diciembre. Esta estaba buenísima

Pasos:

  • Coger un buen cuchillo pequeño, dos platos hondos y unas servilletas de papel. Ponerse una camiseta oscura porque salpica.
  • Cortar la parte superior de la granada como si fuera una “tapa”, un disco como de 6 centímetros de diámetro para abrir un poco la piel dura. Hay que cortar ni muy profundo ni muy poco, se tienen que ver las membranas interiores pero sin cortar demasiados granos.
  • Mirar el corte. Se ven unas membranas amarillas que dividen el interior de la granada en “alvéolos” (se dice alvéolos?). Esto parece una clase de disección de colegio americano 🙂
  • Pasar la punta del cuchillo por el borde exterior de la granada siguiendo la línea de una de esas membranas interiores (la que parezca más gorda)
  • Forzar con las manos para partir la granada en dos. Hay que hacer fuerza, empujar un poco por el centro arriba, por los lados…. Puede salpicar, se puede romper algún grano. Es la parte salvaje del proceso.
  • Una vez que la granada se ha abierto en dos, empieza lo mejor. Se trata de explorar con delicadeza pero con convicción. Seguir meticulosamente la línea de las membranas más gruesas, rebuscar y encontrar, bajo finas membranas transparentes, los maravillosos grupúsculos de granos.
  • Y con el pulgar, desgranar. Con una ligera presión a la que sigue un fantástico crujido. Es el equivalente sensorial a lo que sentías de pequeño cuando estaba a punto de caerse un diente de leche, tu madre te prohibía que te lo tocaras y tu acababas arrancándolo.
  • Seguir desgranando, echando los granos limpios en un plato y los descartes en otro.
  • Al terminar, limpiar el plato bueno, que no queden trocitos de piel pegados a los granos. Dejarlo listo para comer sin mirar. Coger una manta, alquilar Como agua para chocolate y comer grano a grano, como palomitas.


Granada lista para comer

Bizcocho cremoso de manzana – Escaleras sin ascensor

Tarta recién hecha
Lo que más me gusta de vivir en un tercer piso sin ascensor (aparte de la posibilidad que no acaba de concretarse de conseguir unos glúteos de acero) es poder olisquear lo que cocinan en cada casa mientras voy subiendo. Cuando vivía en Madrid, los olores me asaltaban desde la corrala provocándome unas ganas irrefrenables de comer pimientos fritos. En Milán en cambio, voy descubriendo posibles menús del día en cada rellano, sopa de verduras a la derecha, lasaña a la izquierda…

Pero sin lugar a dudas mi momento preferido es cuando ya desde el portal siento que alguien tiene una tarta o un bizcocho en el horno. Sigo subiendo y noto como el olor, dulce y caliente, va ganando fuerza, se vuelve más concreto. Cierro los ojos: fruta, canela, vainilla. Y empiezo a fantasear con la posibilidad de que provenga de mi casa. Gran decepción, nunca viene de mi casa, sobre todo si yo no estoy dentro de ella…

En estos casos me pongo manos a la obra. Porque la ley del karma exige que si algún vecino te ha torturado con el aroma de su repostería un sábado por la mañana, tu se la devuelvas el finde siguiente. En este caso con mi nueva tarta muy favorita. Un bizcocho de manzana con un toque de canela, jengibre y uvas pasas increíblemente húmedo, casi cremoso. Una “torta” a la italiana, especial sin ser cansina y totalmente adictiva.

La clave de esta tarta son los trozos de fruta. Los que hay dentro de la masa que se derriten en la boca y  los gajos clavados sobre ella en vertical que “mechan” el bizcocho cargándolo de humedad y sabor. De hecho este bizcocho, delicioso recién hecho, está aún más bueno si cabe después de un par de días en la nevera, cubierto con papel albal y recocido en sus elementos. Podría comerme medio en una tarde a base de pellizquitos, papel albal arriba, papel albal abajo y repetir.

La receta original es de giallo zafferano, la web de recetas por excelencia en Italia donde encuentras maravillas ilustradas paso a paso como este pandoro que hice el año pasado. La idea de los gajos de manzana en vertical en cambio es un descubrimiento secreto de mi familia política que acabo de desvelar sin pudor 🙂 

Los trozos de manzana del interior, deliciosa humedad

Ingredientes:

  • 200 gr. de harina OO (para horno)
  • 150 gr. de azúcar, separada por la mitad en dos cuenquitos
  • 150 gr. de mantequilla a temperatura ambiente (esto es clave, basada en mi mala experiencia por no hacer caso)
  • 3 huevos a temperatura ambiente
  • 10 gramos de levadura en bolsita (tipo Royal)
  • 1 bolsita de vainillina (yo usé las semillas de un tercio de vaina de vainilla)
  • 1 cucharada rasa de canela
  • 1 pellizco de sal
  • 2 o 3 manzanas reineta
  • 10 gr. de jengibre fresco rallado
  • 40 gr. de piñones
  • 60 gr de uvas pasas

Pasos:

Esta receta no es complicada pero tiene un punto un poco pesado: separar las claras de huevo, montarlas a punto de nieve y volverlas a incorporar con delicadeza al resto de la masa sin que pierdan aire. Además, este paso implica tener en casa unas varillas eléctricas o un robot de cocina. En realidad es prescindible. Se puede preparar el bizcocho incorporando los huevos enteros directamente a la mantequilla y al azúcar y sale muy rico pero… no espectacular. Ahí lo dejo 🙂

  • Calentar el horno a 180 grados (yo puse calor superior e inferior porque no tengo otra cosa)
  • Pesar y disponer todos los ingredientes en boles o trozos de papel albal (es la parte que más me gusta de la repostería, que todo esté listo y ordenadito)
  • Poner a remojo las uvas pasas en un bol con agua templada
  • Pelar y rallar el jengibre (10 gramos son como dos centímetros de raíz)

Jengibre, pasas, manzana, claras...

  • En un bol grande, mezclar la mantequilla (tiene que estar a temperatura ambiente!!) con la mitad del azúcar. Si la mantequilla está fría, este paso se convertirá en un infierno, lo digo por experiencia. Mezclar con entusiasmo, tiene que quedar como una pomada
  • Separar la clara de la yema de los huevos. Para hacerlo, romper la cascara por la mitad con cuidado sobre un bol, balancear hacia un lado y dejar que caiga la clara. Con cuidado, pasar la yema de un trozo de cáscara al otro pasándola muy cerca del borde para que este “corte” el vinculo con la clara pero sin romper la yema. Si se rompe, echar la yema rápido en otro bol aunque tenga clara. Lo importante es que la clara esté limpia
  • Echar las yemas una a una en la mezcla de mantequilla y azúcar. No incorporar la siguiente hasta que la anterior no se haya ligado bien con la mantequilla y el azúcar
  • Cuando la mezcla esté homogénea, añadir el jengibre rallado, la canela, las semillas de vainilla y el pellizco de sal
  • En otro bol, tamizar la harina con la levadura (basta pasarlo por un colador fino). En realidad no sé para que sirve este paso, pero seamos ortodoxos
  • Añadir la harina a la mezcla de mantequilla, azúcar y huevo poco a poco, removiendo con fuerza para que quede  homogénea
  • Añadir las uvas pasas escurridas y los piñones
  • En un robot de cocina o un bol con varillas de mano, montar las claras de huevo a punto de nieve. Para hacerlo, hay que poner el robot o las varillas a alta velocidad y básicamente esperar haciendo movimientos circulares con la mano. Cuando las claras estén ya muy blanquitas y hayan doblado su volumen, añadir poco a poco la otra mitad de azúcar sin dejar de batir y girar. El resultado tiene que ser denso, brillante, muy blanco y que cuando levantes las varillas se levante un copete sólido como de espuma en el baño (mismo principio que para el merengue)

Masa lista para entrar en el horno

  • Pelar dos o tres manzanas reineta. Cortar una a cubitos
  • Untar un molde de tarta con mantequilla y espolvorear con harina, dando golpecitos y girando el molde para que la harina lo recubra sin acumularse
  • Y llega el momento que a mí me parece más difícil de la receta. Hay que incorporar las claras a la masa pero sin que pierdan su aire. En mi caso (mantequilla fría, huevos fríos) la masa era muy dura y no conseguía removerla así que le añadí dos chorritos de leche. La clave aquí está en no remover en círculo sino en girar la masa varias veces sobre sí misma, pasando la cuchara por los bordes del bol y no por en medio de la masa como en este video. Hay que repetir la operación con delicadeza hasta que la masa sea homogénea (no haya partes blancas y partes marrones) pero sin que se haya desinflado. De todas formas, la primera cucharada de claras se puede usar para ablandar la masa sin preocuparse demasiado por el aire
  • Incorporar con el mismo cuidado los cubitos de manzana a la masa, girando la masa sobre sí misma sin agitarla
  • Verter la masa en el molde. Es una masa bastante sólida así que hay que repartirla un poquito para que quede a la misma altura por todas partes
  • Cortar la otra manzana (o dos) en cuatro trozos, (dos medias lunas y dos laterales). Cortar cada trozo en vertical en rodajas bastante finitas (como de 2-3 milímetros) a forma de media luna
  • Clavar los trozos de fruta en la masa como en la foto girando en círculo en torno al molde
  • Meter en el horno. En mi caso, después de 10 minutos, la parte superior había adquirido un precioso color dorado oscuro. Como aún faltaba mucho tiempo, tapé la tarta con papel albal durante el resto de la cocción para que la superficie no se quemara ni oscureciera más. Tiene que estar en el horno unos 40 minutos pero el mejor método para saber cuando está lista es, a partir de los 30 minutos, clavar un pinchito en el centro de la masa y ver si sale limpio. Es una pena sobre cocinar esta tarta porque perdería la gracia de la humedad

Tarta recién salida del horno

  • Sacar del horno, dejar enfriar un poco, desmoldar y espolvorear con azúcar glas. Compartir con los vecinos para un extra bonus de karma

Ideal con: un vaso de leche fría. No se me ocurre ninguna otra receta que le pegue porque como más rica está esta tarta es sola en picoteos furtivos entre horas.