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El arte de no comer – La divina marquesa

El arte de no comer

Después del post sobre el arte de la sencillez, este es un post sobre el arte de ser arte y también sobre el arte de no comer. Artista invitada: la divina marquesa Luisa Casati, que en realidad no era artista sino musa de mil artistas, maestra del self-marketing aunque  entonces no se llamaba self-marketing y mala comedora.

Los malos comedores siempre me han fascinado. Recuerdo de niña cuando descubría la cara de aburrimiento de algún amiguito delante de un plato de pasta. El tal amiguito solo pensaba en volver a salir a jugar. Para el la comida era un incordio que había que afrontar por pura obediencia o un vago instinto de supervivencia. Increíble.

Para mí, la comida y la cocina han sido siempre pilares primarios de mi felicidad cotidiana. Si voy a un restaurante no puedo evitar pedir lo más rico, lo más apetecible y lo que es peor, pienso en ello desde antes de salir de casa. Si estoy sola, cocino como si tuviera invitados y si el resultado no me gusta (a veces cocino guarradas terribles) puedo estar de mal humor para el resto del día.

Por eso en este post me apetecía escribir un elogio al arte de no comer, dedicado a esta inquietante mujer de principios de siglo, la divina marquesa y a su muy estrecha sombra. No hablo claro está de elogiar la delgadez y mucho menos la anorexia si no el arte de llenar tanto tu vida de belleza y placeres que los momentos de comida acaban reduciéndose a unos trozos de pera mal cortados y a un par de almendras fugaces.

Así me imagino yo las comidas de la marquesa Luisa Casati. Entre una borrachera y otra. Entre un posado para Boldini y una prueba de un nuevo vestido de Fortuny o el ultimo disfraz de Bakst. Mientras escogía una serpiente con la que decorar su cuerpo desnudo o mandaba disecar a un leopardo para lucirlo a su lado durante la pròxima fiesta. Un par de almendras y un trozo de pera.

Luisa Casati, una evolución

(Mi reconstrucción de la vida de la marquesa o “Cómo nace un personaje”. Desde la marquesa que aun no era marquesa con 18 años hasta el personaje de mística femme fatale ligeramente enloquecida que retrató Man Ray – Son fotos de Google porque las que hice en la exposición eran terribles)

Pero volvamos al principio: la marquesa Luisa Casati no nació marquesa si no riquísima huérfana de industriales milaneses allá por 1881. En 1900 se casó con el marqués Camillo Casati que debió pensar que estaba haciendo un buen negocio y no sabía lo que le esperaba. Tuvieron una hija que no despertó en la marquesa ningún instinto materno y después de conocer a Gabriele d’Annunzio, su amante vitalicio y gran poeta italiano, empezó a diseñar su vida tal y como ella la deseaba.

Luisa empezó por su imagen, quería verse mística y algo inquietante: delgadísima, con los ojos embadurnados de khol y el pelo teñido de rojo fuego, inventó su propio personaje de femme fatale. Además, tenía dinero suficiente para permitirse villas en Capri, palacios en Venecia y viajes a Estados Unidos por lo que dilapidando dilapidando, logró convertirse en la socialitè del momento.

Luisa resultaba irresistible para los artistas de la Belle Epoque, fueran del tipo que fueran: escritores, pintores, fotógrafos, dibujantes, escenógrafos, diseñadores y escultores. Y ella no se contentaba con inspirar si no que llegaba a obligarles a inmortalizarla, ansiosa por descubrir un reflejo más, el enésimo matiz de su propio yo-personaje a través de ojos que tuvieran el don de ver y crear arte.

La “divina marquesa” como la llamaban murió de vejez en un cuchitril de Londres a los 77 años prácticamente en la indigencia. No quedaba nada de su fortuna infantil pero, como rezaba su epitafio, la edad no consiguió marchitarla ni la costumbre consiguió debilitar la versatilidad que había en ella. Murió acompañada por un pequeño grupito de “fans” que aún veían en ella la luz del arte. Y quién sabe, quizás antes de morir mordisqueara distraídamente un trozo de pera y un par de almendras.

Venecia

(La exposición La divina marchesa, Arte e vita di Luisa Casati dalla Belle Epoque agli Anni folli està en Venecia hasta el 8 de marzo de 2015. Hacía mucho que no iba a Venecia y el reencuentro no ha podido ser mejor… también Venecia es experta en el arte de ser arte) 

Desgranando días – desgranando granadas

Granada lista para picar
Que porqué escribo sobre una granada? En realidad porque llevo dos semanas sin cocinar. Estoy atraversando una especie de fase de bloqueo del escritor en versión cocinera y creo que la causa es mi exposición nula a estímulos desde que el proyecto en el que trabajo entró en modalidad pánico (pánico en sus mejores versiones “dormir-está-sobrevalorado“, “comer-es-de-débiles” o “prueba-a-dar-vueltas-muy-ràpido-sobre-tì-mismo-este-fin-de-semana-a-ver-si-encuentras-una-soluciòn-al-problema”). Esto me ha dado que pensar.

He pensado 1. Que esta vida no es para mí. 2. Que el ser humano no es más que el reflejo versionado de los estímulos que recibe del exterior. No puede crear materia sin materia y además necesita tiempo y espacio mental para que esa materia fermente, germine, mute. Y a mí últimamente lo único que me muta y me fermenta es el humor y las cosas que dejo en la nevera de un fin de semana para otro. Qué ganas de vacaciones…

Pero volvamos a la granada y al gran placer que es desgranarla, meticulosamente, gozando de cada crujido. Las granadas son preciosas, casi mágicas y el primer grano que estalla en tu boca parece la invención genial de un chef de cocina molecular (un poco lo opuesto a una chirimoya) pero es un sabor cansino, así que no hay prisas. La mejor parte es la preparación. Poco a poco, llenar un plato de granos rojos y brillantes, imaginar que son rubíes (sí, todos pensamos lo mismo) y comerlos uno a uno hasta la saturación.

Antes de empezar mi absurdo ensayo sobre cómo pelar una granada, propongo una receta (aunque lleve semanas sin estímulos siempre puedo pescar de recuerdos de infancia). Cuando era pequeña e impresionable vi una película que me perturbó durante mucho tiempo: Como agua para chocolate. Una película sobre la cocina y el amor pasional (demasiado pasional creo para mi edad) y que acababa como el rosario de la aurora. El final me dejó perpleja, hasta entonces creía que todos los amores terminaban en boda…

Tengo curiosidad por volver a verla. Seguramente las escenas tórridas ya no me parecerán tan tórridas (o sí, porque en los años 90 no se andaban con chiquitas) y el final no me parecerá tan traumático pero sobretodo quiero volver a ver dos platos que me fascinaron en su momento: las codornices en salsa de chocolate y pétalos de rosa y los chiles en nogada con granada. Pongo aquí un link a una receta de los chiles que parece maravillosamente compleja, to do list para 2014

Miles de granitos que desgranar

Ingredientes:

  • Una granada buena. Cómo se sabe si es buena? Ni idea, pero creo que es mejor comprarla en el mes de Diciembre. Esta estaba buenísima

Pasos:

  • Coger un buen cuchillo pequeño, dos platos hondos y unas servilletas de papel. Ponerse una camiseta oscura porque salpica.
  • Cortar la parte superior de la granada como si fuera una “tapa”, un disco como de 6 centímetros de diámetro para abrir un poco la piel dura. Hay que cortar ni muy profundo ni muy poco, se tienen que ver las membranas interiores pero sin cortar demasiados granos.
  • Mirar el corte. Se ven unas membranas amarillas que dividen el interior de la granada en “alvéolos” (se dice alvéolos?). Esto parece una clase de disección de colegio americano 🙂
  • Pasar la punta del cuchillo por el borde exterior de la granada siguiendo la línea de una de esas membranas interiores (la que parezca más gorda)
  • Forzar con las manos para partir la granada en dos. Hay que hacer fuerza, empujar un poco por el centro arriba, por los lados…. Puede salpicar, se puede romper algún grano. Es la parte salvaje del proceso.
  • Una vez que la granada se ha abierto en dos, empieza lo mejor. Se trata de explorar con delicadeza pero con convicción. Seguir meticulosamente la línea de las membranas más gruesas, rebuscar y encontrar, bajo finas membranas transparentes, los maravillosos grupúsculos de granos.
  • Y con el pulgar, desgranar. Con una ligera presión a la que sigue un fantástico crujido. Es el equivalente sensorial a lo que sentías de pequeño cuando estaba a punto de caerse un diente de leche, tu madre te prohibía que te lo tocaras y tu acababas arrancándolo.
  • Seguir desgranando, echando los granos limpios en un plato y los descartes en otro.
  • Al terminar, limpiar el plato bueno, que no queden trocitos de piel pegados a los granos. Dejarlo listo para comer sin mirar. Coger una manta, alquilar Como agua para chocolate y comer grano a grano, como palomitas.


Granada lista para comer

Un paseo por el mercado – los colores del otoño

Una de las muchas cosas buenas del otoño (soy claramente una autumn-person) es que están de temporada un montón de frutas y verduras de colores preciosos. Esto puede no parecer especial, en primavera y en verano también las hay. La diferencia genial es que en otoño las puedes utilizar sin culpa para preparar platos tan híper-calóricos […]

Pasta con gambas, guisantes y menta – Ciao piccole mie

mis plantitas
Están tan bonitas… que he querido inmortalizarlas antes de que pueda ocurrir lo peor, antes de que las abandone 15 días y no me lo perdonen. No lo quiero ni pensar. Dos meses de mimos y la albahaca ocupa el doble de cuando la compré, la tomatera va por su segunda “cosecha” y las semillas de calabacín se han transformado en un monstruo de hojas enormes y tallos pinchudos. Espero que la vecina se apiade de vosotras. Yo he intentado hacer méritos alabándole los cactus…

Como los niños modernos, no tenía una idea clara de cómo nace un tomate. Ahora sé que son unas pequeñas flores amarillas las que se transforman en bolitas verdes y brillantes con la flor a modo de pompón. Tampoco había presenciado nunca la transformación de un tallo tierno, el del calabacín, en una raíz dura y recia como la madera ni había visto las flores blancas y diminutas de la menta.

La palabra “felicidad” viene del latín “felicis”, fecundo. Haciendo balance, no sabría decir si estos primeros dos meses de mi nueva vida en Milán han sido siempre “felices”. Ha habido momentos de nostalgia, de urgencia, sentimiento de pérdida y de estar perdido. Pero definitivamente han sido fecundos, marcados por el esfuerzo (a menudo un poco descontrolado) de querer sembrar y por la aparición de pequeños brotes verdes metafóricos aquí y allá que seguiré cuidando a la vuelta del verano.

Mientras tanto, una receta de hojas y frutos tiernos. Una pasta donde los ingredientes no se mezclan, no se unen, pero se contagian, se aromatizan y se combinan en tu boca en un modo que primero sorprende y luego hace sentir muy bien. La sal de las gambas con la pasta al dente, el dulzor de los guisantes con el aroma de la menta… Sin ella este plato no valdría nada, con ella sientes que has descubierto un maravilloso secreto.

Pasta gamberi, piselli e menta

Ingredientes

  • 100 gramos de pasta corta (orecchiette, rigatoni, penne rigate, sedanini…) Yo usé pasta larga porque últimamente estoy obsesionada con los buccatini pero en realidad no iban demasiado bien con la receta. Como no tiene salsa y los ingredientes no se ligan, es mejor una pasta que permita “pinchar”
  • Una taza de gambas (yo usé congeladas pero supongo que está mil veces mejor con gambas frescas)
  • Una taza de guisantes grandes congelados (en esto sí que estoy totalmente a favor)
  • 5 hojas de menta
  • Aceite, sal y pimienta

Pasos

  • Si se tiene tiempo, descongelar las gambas y ponerlas a secar sobre un poco de papel. Con los guisantes no hace falta. Si no hay tiempo no pasa nada, aquí la clave no es una gamba tierna sino su sabor
  • Poner a hervir agua caliente con sal abundante (una cucharada sopera colmada para una olla de tamaño medio)
  • En una sartén, poner a calentar un chorrito de aceite. En esta receta no pega el ajo, se cargaría el aroma delicado de la menta.

Ingredientes pasta con guisantes, gambas y menta

  • Cuando esté caliente el aceite, echar las gambas y dar un golpe de muñeca para que todas toquen un poco de aceite. La sartén tiene que estar caliente y ser grande respecto a la cantidad de gambas (que cubran máximo la mitad de la superficie). No mover, empezarán a soltar agua, subir el fuego para que evapore lo más rápidamente posible
  • Pasado un minuto, saltear las gambas para que se den la vuelta y dejar otro minuto o medio minuto. Apagar el fuego y reservar. Las gambas tienen que coger un color rojito pero no deshidratarse, un minuto y medio o dos son más que suficientes, sobre todo si las dejamos reposar en la sartén caliente. Terminar con un toque de pimienta y dejar reposar
  • Echar la pasta en la olla, controlar el tiempo de cocción y cuando falten 5 minutos para que esté lista, añadir los guisantes. A mí me gustan al dente, casi crudos porque tienen un verde más bonito y una textura más tersa
  • Cuando quede un minuto para que esté lista la pasta, poner otra vez las gambas al fuego, quizás añadiendo un chorrito de aceite (pero poco)
  • Una vez pasado el tiempo indicado de la pasta, colar y verter rápidamente sobre la sartén de las gambas (asì la pasta se impregnarà del juguillo que se ha secado en la base de la sartén). Saltear unos segundos con cuidado para que se mezclen todos los ingredientes y se impregnen los sabores
  • Picar unas hojitas de menta con un cuchillo, espolvorear, dar otro toque de pimienta, remover y estará listo para comer

Flores de calabacìn

Pasta con flores de calabacín y anchoas – Historia de ida y vuelta

Pasta con flor de calabacin y anchoas

Esta es una historia Italo-Cantabra. Un maridaje cultural de ida y vuelta que tiene por protagonista una delicia poco sexy y el orgullo de Santoña: la anchoa. La producción de filetes de anchoa en conserva empezó en Santoña (mi pueblo) a finales del siglo XIX con la llegada de un puñado de familias Sicilianas que trajeron consigo la técnica de la salazón. A partir de ahí, la técnica se depuró hasta convertirse en arte y el arte en culto (o casi).

Hoy en día las anchoas del Cantábrico son una delicatessen: filetes de pescado limpísimos, carnosos, al punto de sal y brillantes que en mi casa a veces comemos con cuchillo y tenedor. Siempre solos o con pan, como mucho con un chorrito de aceite y  unos trocitos minúsculos de ajo que aportan un toque ligeramente dulce y picante pero respetan el pescado.

En Italia sin embargo la anchoa nunca ha superado el nivel de condimento. Mi alma de Santoñesa aulló de dolor la primera vez que vi una anchoa sobre una pizza, grisácea y recocida, o cuando vi otra anchoa derretirse en una salsa de tomate puttanesca. Aunque me pareció traumático, con el tiempo he aprendido a apreciar el uso Italiano de la anchoa como una inyección de sabor en otros platos, un toque salado con retrogusto animal en vez de mineral.

Y aunque mi religión me impide cocer una anchoa (aunque no sea Cántabra y sobada a mano) puedo aceptar que lo haga mi novio 🙂 como en esta receta, una cena sorpresa que me encontré a la vuelta del trabajo y en la que no tuve la más mínima oportunidad de manduquear. Menos mal, porque la habría estropeado. Era perfecta: la pasta al dente, las flores crujientes y ligeramente dulces, el sabor casi imperceptible del ajo y la sal de las anchoas uniéndolo todo. Un plato que habría hecho llorar (de placer) al Santoñés más recalcitrante.

Flores de calabacin en remojo

Ingredientes para dos personas

  • 200 gramos de fusilli bucati corti (perfectos para esta receta)
  • 6 flores de calabacín grandes (en Italia son muy fáciles de encontrar, en España no sé)
  • 6 filetes de anchoa
  • 1 diente de ajo
  • Aceite
  • Harina
  • Pimienta (la pimienta es clave)

Pasos

  • Poner a hervir agua abundante en una olla mediana y añadir una cucharada de sal gorda cuando empiece a hervir. La pasta tiene que estar salada pero no demasiado porque el condimento es fuerte
  • Mientras, lavar las flores de calabacín con agua fresca, secarlas con cuidado y cortarlas en tiras de dos centímetros quitando el tallo
  • Calentar un poco de aceite en una sartén a fuego medio con un diente de ajo (sólo un par de cucharadas, lo justo para que las flores no se peguen)
  • Rebozar las flores en harina y posar una primera tanda sobre el aceite delicadamente. Dorar durante un minuto con la sartén tapada para que no pierdan toda el agua. Girar para que se doren por el otro lado un minuto más. Sacar de la sartén, apartar y hacer la otra tanda.
  • Echar la pasta en el agua hirviendo y cocer el tiempo indicado (muy importante que estén al dente, mejor demasiado dura que demasiado hecha). Probar el punto de sal a mitad proceso, en ese momento se puede corregir echando un poco más de sal si hace falta luego ya es tarde
  • Cortar las anchoas en trocitos de 1-2 centímetros
  • Cuando falten dos minutos para la pasta, volver a colocar las flores fritas sobre la sartén usada para freír y calentar a fuego suave. Colocar las anchoas por encima de las flores para que se calienten un poco. Remover delicadamente una o dos veces. Apartar la mitad de las flores con anchoas en un plato
  • Colar la pasta pero sin que pierda toda el agua. Basta un poquito de la humedad del agua de cocción (que cuando deje de colar no agitemos el colador). El agua de la pasta junto a la harina del frito ayudarán a crear un poco de “salsita”.
  • Verter la pasta sobre la sartén donde están las flores y las anchoas a fuego suave. Remover, espolvorear bien con pimienta molida y emplatar. Colocar encima de la pasta en el plato la otra mitad de las flores (estas quedarán crujientes porque no se han humedecido con el agua de la pasta). Enjoy

Fusilli bucati corti con fiori di zucchine fritte