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10 cosas (distintas) que hacer en Milán y 5 recetas para recordar

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Hace tres años me fui de Madrid convencida de que pronto estaría de vuelta. Y aquí estoy otra vez. Un poco en shock, aturdida por el cambio. Dividida entre la alegría y la nostalgia de la vida que dejo en Milan (y de mi cocina que el ultimo día parecía tan triste, con lo que ella fue!). Sintiéndome muy afortunada y a la vez muy acojonada, porque los cambios dan miedo, aunque signifiquen volver a lo conocido. Quien diga lo contrario, miente.

De hecho, puede que volver a lo conocido, a tu pasado, sea más difícil si cabe. Falla el efecto sorpresa, tan útil para alimentar el entusiasmo cuando se trata de descubrir un nuevo país o conocer gente nueva. También juega en tu contra la facilidad con la que puedes recaer en viejos roles y la tentación de retroceder en el camino, perdiendo de vista la persona que quieres llegar a ser.

Lo bueno, es que en la vida volver atrás sencillamente no es posible. Aunque se quiera, y yo no quiero. Todo cambia, nosotros cambiamos, continuamente. No puedes pisar el freno y tampoco puedes apearte. Solo puedes seguir adelante y dejarte sorprender, por lo que te rodea, aquí y ahora, y por el futuro, que ninguna elucubración actual puede realmente predecir.

Así que mi objetivo para los próximos meses es dejarme sorprender. Quitarme las anteojeras, deshacerme de prejuicios y filtros y simplemente ver. Ver y vivir. Madrid. Gente conocida. Gente nueva. Hacer. Hacer cosas que no se me habían ocurrido antes. La Sierra? Nunca he estado en la Sierra. El estadio del Atleti? Porqué no. Ver y vivir. Y menos pensar, sobretodo si pensar significa juzgar.

Dicho esto (me había prometido a mí misma que este post iba a ser ligero y desenfadado), nostalgia obliga: me gustaría dejar por escrito 10 cosas distintas que hacer en Milán, la ciudad que me ha enseñado a vivir más y a juzgar menos. Algunos de estos apuntes son muy clásicos y se encuentran en cualquier guía de viajes. Otros son más íntimos y personales. Todos, creo, representan bien a esta ciudad algo incomprendida que los turistas suelen usar como puerta de entrada a Italia y poco más.

  1. Respirar profundo en Piazza Duomo. Cerrar los ojos y volver a abrirlos lentamente

Milán tiene fama de fría y oscura. Yo no la he vivido así, pero en cualquier caso, y haga el tiempo que haga, hay un lugar de la ciudad en el que la luz es siempre brillante y el aire más fresco. Es la plaza del Duomo. Algo tiene esa plaza. No sé si son las proporciones de lo construido por el hombre o alguna cualidad propia del enclave natural (campo electromagnético? feng-shui?). Probablemente sea una combinación de ambas cosas, el caso es que esta plaza tiene algo que te hace sentir bien, a un nivel profundo.

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  1. Visitar una exposición (cualquiera vale) en Palazzo Reale

Cuando vivía en Milán, era un plan trimestral obligado. Para un turista puede parecer no prioritario pero si tenéis tiempo, informaos de la exposición en curso en ese momento. Klimt, Segantini, Modigliani y los “artistas malditos”, Mucha, el Simbolismo… Todas las exposiciones a las que he ido en estos tres años han sido especiales, mágicas, fluidas. Los que allí trabajan saben lo que hacen porque cuando una exposición está bien concebida, para hacerte pensar y disfrutar, se nota, y en Palazzo Reale siempre aciertan.

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  1. Despreciar (y ser despreciado) en Via Montenapoleone

Via Montenapoleone es la calle de las compras por excelencia. Quintaesencia del esnobismo fashionista de la ciudad y lugar de concentración de grandes fortunas, a menudo heredadas o ganadas con el sudor de la frente ajena (léase marido o ex–marido). Lo mejor es ir un martes cualquiera, por la mañana, y preguntarte qué hace toda esa gente que no está en el trabajo. No tener claro si mirarles con superioridad o con inferioridad, entrar en alguna tienda fingiendo que te sientes cómodo y experimentar lo que es sentirse completamente fuera de lugar.

  1. Descubrir patios, el secreto mejor guardado de Milan

En qué se parecen Milán y Andalucía? Pues en poco, supongo aunque si tuviera que pensar en algo, sería en el amor por los patios internos. Si en Andalucía es un amor exhibicionista, en Milan, mucho más acorde con el espíritu del norte, es un amor más íntimo y huraño pero no por ello menos maravilloso. Y es que detrás de las duras fachadas Mussolinianas del centro y de las deliciosas fachadas Liberty residenciales se esconden auténticos tesoros de vegetación boyante, forjados de capricho y encajes de ladrillo y piedra. Para poder disfrutarlos basta estar atento, a un portón que se abre para dejar pasar un coche o a una verja que si caminas rápido te pasará inadvertida.

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  1. Torticolis “vintage” en el Planetario

Entre el centro de Milan y porta Venezia, se extiende el parque Indro Montanelli, un parque de finales del s. XVIII y uno de los primeros parques urbanos concebidos para fines puramente recreativos. Mi lugar preferido del parque es el planetario. Desde fuera, tiene ese aura atemporal que caracteriza a los edificios con cúpula, tipo panteón. Por dentro, ofrece una experiencia surrealista: un cielo proyectado con maquinaria del s. XIX, un narrador (vivo) y unas sillas giratorias de madera ancladas al suelo que harían las delicias de un anticuario pero que claramente no están concebidas para mirar hacia el techo durante 50 minutos.

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  1. Descifrar a Leonardo da Vinci en la dársena y los Navigli

Llegamos a mi zona! Los Navigli o canales, el Naviglio Grande y el Naviglio Pavese y su punto de encuentro en la dársena de XXIV Maggio. Milán se asienta sobre una zona pantanosa por lo que la gestión del agua siempre ha sido clave para la ciudad. En la actualidad, muchos cursos de agua han sido enterrados (de ahí que la red de metro sea tan mala y que haya tan pocos garajes subterráneos en la ciudad) pero dos permanecen en la superficie, gestionados por un sistema que diseñó el mismísimo Leonardo da Vinci. Esta zona es famosa por su vida nocturna aunque a mí cuando más me gusta es el sábado por la mañana en un día soleado, cuando los hipsters aún duermen la fiesta de la noche anterior y yo me tomo un bagel mientras miro el agua correr

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  1. Ir a Stazione Centrale, aunque no te haga falta

Uno de mis lugares favoritos de Milán en absoluto. Las estaciones de tren en general tienen algo que los aeropuertos nunca tendrán. Un romanticismo melancólico y atemporal. Una magia de cruce de caminos. En esta estación, todo el poderío totalitarista y la mejor arquitectura se ponen al servicio de este romanticismo. Para mì es algo grandioso, conmovedor. Si quieres aprovechar que estás ahí para ir a algún sitio, ve a Bérgamo, la ciudad alta. Una joya medieval a medio camino entre las montañas y la llanura padana que domina orgullosa toda la zona desde la colina.

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  1. Tumbarse en la hierba siempre verde y fresca de los parques (Sempione, Ravizza, Montanelli… cualquiera vale) 

Algo que impresiona de Milan a una madrileña como yo es lo verde que es. La ciudad tiene fama de “gris” y hasta un cierto punto es cierto, sobre todo en el centro, donde reinan los grandes bloques de granito fascista. Pero también es una ciudad húmeda y de clima templado, perfecta para cualquier tipo de planta. Por eso, los balcones suelen ser una explosión de color y los parques son verdes verdísimos, con hierba alta y blandita en la que tumbarse a leer, a comer algo o simplemente a echarse una siesta.

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  1. Encontrar la tumba más antigua del Cimitero Monumentale

No sé si lo mío con los cementerios es algo patológico o si le pasa a más gente. A mí me gusta visitarlos, con respeto, dedicando un momento a imaginar las vidas de gente que vivió antes que yo. Me ayuda a relativizar, a entender lo grandes y lo pequeños que somos en realidad. El cementerio más espectacular que he visto en este sentido es el Père Lachaise de Parìs pero il Cimitero Monumentale de Milan no se queda atrás, con sus esculturas del periodo Liberty, plañideras eternas de maridos que construyeron la cara industrial y burguesa de la ciudad desde mediados del siglo XIX.

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  1. Odiar Via Torino excepto por el trampantojo de Andrea Mantegna (si, existían los trampantojos antes del tomate de Top Chef) 

Quien visita Milán debe saber que la ciudad no fue concebida para alojar a un millón y medio de habitantes y aún menos sus respectivos coches. Milán tiene un tráfico horrendo, una planta a forma de estrellas multicèntricas y un tejido de semáforos que definiría como sádico. Por eso, en Milan yo iba casi siempre a piè o en bici y cada vez que iba al centro pasaba por Via Torino, una especie de Gran Vìa de Madrid reducida a un tercio del tamaño. Un infierno vayas como vayas. Aunque como cualquier rincón de Italia, esconde tesoros para el caminante con tiempo, como la iglesia de Santa Maria presso San Satiro y su trampatojo con el que Mantegna supliò la falta de espacio con creatividad.

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(esta foto no es mìa, tenìa una demasiado oscura asì que lo ha cogido de aquì)

Y para acompañar “il tutto” y cerrar este post eterno: cinco recetas de entre tiempo que de un modo u otro han marcado mi paso por Milan: 

  1. Pasta con flores de calabacìn y anchoas. Una de las primeras recetas que me preparò mi novio en nuestra casita milanesa, preparada con flores del mercado
  2. Lasagna de calabacín y salchicha. Porque en Milan descubrí las salsas “in bianco” y porque echaré mucho de menos las salchichas frescas con hinojo de mi carnicero de barrio
  3. La sopa de pasta y albóndigas, que me recordarà siempre lo bonito que es hacer amigos nuevos en una nueva ciudad y que parezcan de toda la vida. Espero de verdad que sean para toda la vida.
  4. Las alitas de pollo y las hamburguesas. Representan otro tipo de amistad: los amigos de mi novio y su familia, que siempre me piden estas alitas. Me recuerdan lo bonito que es llegar a querer tanto a gente a la que empezaste queriendo por compromiso.
  5. Por ùltimo, el tiramisù, que para mi simboliza el momento en el que decidì hacer un master y pararme un momento a pensar. Sìmbolo de cambios, y de buenos cambios. 

Bon appétit!

Pasticciotto leccese – marketing regional (a mi pesar)

Pasticciotto y tulipanes

Ha llegado la hora de hacer un poco de marketing regional y no porque yo sea una gran fan del sur de la Puglia, el famoso Salento o tacón de Italia. Como ya he dicho alguna vez, yo soy muy de océano, olas de agua helada y tormentas que te pillan por sorpresa, paseos bien vestido por la tarde y dormir con manta en Agosto.  Y además me encanta protestarle a mi novio, que como buen salentino está enamorado de su tierra. Pero lo que es justo es justo y el Salento es muy bonito, muy soleado y se come bien. Un destino perfecto para el verano si no te preocupa aparcar creativamente sobre las rocas. A mi me preocupa.

Puglia es sur y físicamente lo parece: aguas azules, secas pinedas que se precipitan hacia el mar, higos chumbos invadiendo los bordes de la carretera y campos de olivo hasta donde alcanza la vista. A nivel humano en cambio, a mi los salentinos me parecen un poco distintos a la clásica Italia del sur. Es un pueblo orgulloso, sin duda, pero su orgullo es intimo, casi tímido. Ellos son felices viviendo en Salento, se sienten los seres más afortunados del planeta pero no necesitan gritarlo. Solo necesitan volver, volver a menudo o volver para quedarse. Entre dos mares, rocas a este y arena a oeste, no necesitan más. Tranquilos, diplomáticos y hacendosos, lo justo, pero hacendosos.

Puglia es además el granero de Italia. Es famosa por sus hogazas de pan crujientes y aromáticas, su pasta fresca o secada al viento que a mi no sé porqué cuando estoy ahí me sabe como a nuez tostada, sus taralli o tarallini, colines de pan adictivos (mis preferidos tienen semillas de hinojo) y las “frise”, unas roscas secas de cebada integral que los campesinos se llevaban al trabajo, mojaban en agua de mar o agua dulce y frotaban con tomate y aceite. Una delicia que alimentaba a familias enteras, familias que cultivaban trigo bueno para la harina blanca de los ricos y que con el dinero ganado compraban cebada. Más negra, si, más fea, también, pero alimentaba el triple.

Y por ultimo, en lo alto de la lista de hidratos de carbono salentinos que me hacen enloquecer está el pasticciotto de Lecce, la capital del sur. Una ciudad mágica y amarilla, con un aire casi colonial. Ciudad de ricos, de esos que mandaban lejos del epicentro en representación de las muchas coronas que pasaron por ahí (sobretodo la de Aragón) y que, se supone, estaban para gobernar aunque más que gobernando yo me los imagino comiendo, bebiendo y construyendo palacetes con jardines donde dormitar al fresco. El pasticciotto tiene un poco ese punto colonial: un dulce un poco caprichoso  para la pobreza circundante, una creación inteligente, usando lo que había pero haciéndolo parecer de pastelería de capital del reino. Una delicia.

Lecce

Para esta receta hacen falta:

  • Varillas
  • Rodillo (o botella de vino)
  • Papel parafinado para horno
  • Moldes pequeños (los típicos son ovalados, yo solo tenía redondos)

Digo ya que siendo mi primera vez algunas cosas me han salido bien y otras regular. La receta que me pasaron para la masa quebrada es una locura de buena. Nada grasienta, no demasiado dulce, ligera pero firme. La crema pastelera en cambio no me gustò porque era demasiado ligera y además puse poca así que pongo una receta mía que creo que va a dar mejor resultado.  Por ultimo, yo dejé los pasticciotti en el horno 5 minutos más de los debido porque no sabia que podían estallar. Siguen estando buenísimos pero es una pena así que para la próxima, cuando estén bien dorados: fuera del horno!  

Ingredientes (yo hice un tercio de esta cantidad para 8 pasticciotti pequegnos)

  • Para la masa quebrada 
    • 500 gramos de harina 00
    • 250 gramos de azúcar
    • 125 gramos de mantequilla
    • 3 huevos
    • 1 bolsita de levadura para postres
    • Hacen falta además un rodillo
  • Para la crema pastelera (esta es mi receta, no la que usé)
    • 0,5 litros de leche entera (yo usé desnatada pero queda más líquido)
    • 150 gramos de azúcar
    • 4 yemas de huevo, pero hay que guardar las claras para pintar por fuera!!!
    • 50 gramos de maicena

Pasticciotto making of

Pasos:

  • Mezclar todos los ingredientes de la masa quebrada sobre una superficie limpia (se puede empezar mezclando en un bol la mantequilla, los huevos y el azúcar). Al principio parece que no se amalgamará nunca pero con paciencia y el calor de las manos la mantequilla irá empapando la harina
  • Amasar hasta que la masa esté lisita y homogénea y reservarla hecha una pelota
  • Para la crema pastelera, poner a calentar la leche menos medio vaso que apartamos a fuego muy suave removiendo de vez en cuando. Si se quiere, agnadir unas semillas de vainilla o un poco de aroma de vainilla
  • En el vaso relleno a mitad con leche, verter las 4 yemas, el azúcar y la maicena y mezclar hasta que quede una mezcla lìquida y arenosa pero homogénea
  • Cuando la leche esté templada, subir un poco el fuego , añadir la mezcla del vaso con los otros ingredientes y remover con fuerza hasta que hierva con unas varillas. Cuando hierva, apagar el fuego y seguir removiendo con fuerza hasta que espese. Dejar enfriar un poco cubierto con un poco de plástico
  • Embadurnar el molde de madalenas con mantequilla y harina ligeramente espolvoreada (dejar caer el exceso)
  • Precalentar el horno a 180 grados calor superior e inferior o ventilador
  • Sobre una superficie lisa y limpia poner una hoja de papel encerado para horno, colocar la bola de masa quebrada o la mitad si se ha hecho toda la cantidad. Cubrir con otra hoja de papel parafinado y extender con el rodillo hasta que alcance un espesor de unos 3-5 milímetros
  • Con un vaso o cuenco o lo que sea, cortar círculos grandes (para la base) de la copita y círculos más pequeños, del tamaño del molde para la tapa. Colocar los círculos grandes en la base de los moldes formando la base y las “paredes” del dulce. Con el dedo, asegurarse de que no hay agujeros y que el espesor es homogéneo por todas partes (3-5 milímetros)
  • Rellenar cada copita de masa quebrada con bastante crema pastelera (como dos o tres centímetros) y cubrir con el círculo más pequeño asegurándose de sellar bien el punto de contacto entre las dos masas quebradas para que no haya fugas
  • Pintar con clara de huevo la superficie de los pasticciotti
  • Meter en el horno durante unos 20 minutos. Pasado ese tiempo, controlar. La masa quebrada se tiene que hinchar y dorar, adquiriendo un aspecto seco y brillante. Si ya está dorada pasados 20 minutos, sacar del horno (yo lo dejé unos 5 minutos más y se me quebraron por el exceso de vapor de la crema pastelera)
  • Dejar enfriar un poco… aunque como màs ricos están son templados y recién hechos 🙂

Desayunando pasticcotti

Sopa italiana de albóndigas y pasta – Neomarujas

Sopa lista para comer
No tengo muy claro de donde viene esta receta. Yo la descubrí estas navidades en Italia. Era la opción “ligera” que nos propuso mi suegra para el mediodía del 24. Con este plato, dijo, estaríamos tranquilos y con hambre para la comilona que nos esperaba en la cena de nochebuena. Los italianos más allá de la coñazo-ensalada de atún y lechuga no tienen un concepto muy claro de lo que es comer ligero 🙂

Esta sopa, en realidad, podría ser de cualquier parte. Parece reunir todos los elementos de la dieta humana primordial, todo lo que un ser humano puede necesitar para sobrevivir a un largo invierno. Aquí, en España y hasta en Sebastopol (que por cierto está en Crimea, Ucrania según Wikipedia, por lo que viene muy al caso. Ahí si que debe hacer un frío muy primordial).

Volviendo a Italia, aquí es muy típico comer tortellini in brodo en invierno. Están bien, muy comfort food, pero la versión “deconstruida” (carne fuera de la pasta) me ha enamorado. Por algún motivo es más ligera, es igual de reconfortante y más entretenida: ahí estás tu, pescando albóndigas, intentando cortarlas con el borde de la cuchara que no está hecho para cortar nada y dosificando la cantidad de líquido, pasta y carne en cada cucharada como un maniático ingeniero… No suena divertido?

Lo mejor de esta receta fue preparar las albóndigas con mi amiga Pati, como dos marujas atemporales, manos embadurnadas de carne con huevo y perejil, mezclando cotilleos milaneses con historias de las navidades en casa y con dudas muy serias y profundas sobre el tamaño adecuado de una albóndiga para caldo. En momentos así una chica piensa en lo bien que se viviría con otra chica en vez de con un novio :). Otra receta sociable.

Ingredientes para 4 personas

  • Dos litros de caldo (aquí explicaba como hacer uno. Yo esta vez hice trampa, con dos zanahorias, un tallo de apio, una cebolla y tres cacitos de caldo ligero, una especie de caldo vegetal)
  • 200 gramos de pasta pequeña tipo farfalline
  • 250 gramos de carne picada de buena calidad, sin demasiada grasa (no demasiado picada, ese fue mi error porque “ensucia” la sopa, digamos que picada dos veces por el carnicero basta)
  • Un ramito de perejil
  • Una pellizco de ajo en polvo
  • Una cucharada de pan rallado
  • Un huevo grande
  • Dos o tres cucharadas de parmesano rallado
  • Un pellizco de sal y de pimienta

Sopa de albondigas baking off

Pasos

  • Poner a hervir los ingredientes para el caldo durante una hora o dos. Ir probando de sal y de intensidad de sabor, quitar la espuma si se forma en la superficie y cuando esté listo colar reservando la zanahoria y el apio
  • Cortar la zanahoria y el apio en trocitos y reservar
  • Para las albóndigas: mezclar en un bol grande la carne con el huevo, el queso, el perejil cortado muy finito, el ajo (muy poquito), la sal y la pimienta. La masa tiene que ser bastante consistente, más seca que húmeda pero un poco pringosa (se puede regular con leche o más pan rallado)
  • Con las manos, hacer albóndigas pequeñitas, cuanto más pequeñas mejor hasta acabar la masa.
  • Poner a hervir el caldo y cuando haga burbujas echar las albóndigas cuidando de que no pierdan la forma. Las albóndigas están listas cuando empiezan a flotar pero no pasa nada si se siguen cocinando, esta no es una receta con carne al punto ni nada que se le parezca
  • Incorporar la zanahoria y el apio cortados en trocitos y dejar el tiempo que se quiera. Esta parte de la receta puede “esperar”. Es la pasta la que tiene que estar cocinada justo antes de comer.
  • Cuando se vaya a comer, en otra olla más pequeña poner a hervir la pasta en agua con sal (la pasta pequeña tarda menos, unos 5 minutos o así y es mejor quedarse corto de cocción, sacarla bien al dente, porque luego en el plato se seguirá cocinando con el caldo). No sé porqué no se cuece la pasta en el caldo, pero mi suegra lo hace así y así lo he hecho yo. Obediente. Supongo que así la pasta es menos pesada, más refrescante en cada cucharada porque no sabe tanto a caldo intenso
  • En función de si se va a consumir todo el caldo o no, mezclar con la pasta recién colada (se puede dejar parte del caldo con albóndigas para otro día sin añadir la pasta). Disfrutar bien calentito con un poco de parmesano rallado por encima

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(Eso de ahí arriba son friselline pugliese, un vicio total. Son una especie de galletitas saladas con semillas de hinojo. La muerte, y da gusto comerlas con la sopa por su aroma a campo) 

Risotto de calabacín y bresaola – Segundo cumpleblog!!!

Risotto de calabacìn y bresaola

Hace ya dos años que nació este blog!!! Se podría decir que ha superado la fase odiosa de despertarse a las 4 de la mañana y del dolor de dientes (babas, mofletes rojos y lloro desconsolado) y está entrando en la fase de responder que “no” a todo. Ser tía enseña este tipo de cosas.

Este blog nació un otoño de hace dos años. Pienso en aquel momento y me recorre un escalofrío porque para mí fue un momento difícil. Hacía poco que había pasado el primer momento verdaderamente doloroso de mi vida y no por buenos motivos (siempre he sido una privilegiada) si no porque permití que alguna herida me doliera más de lo debido y me perdí un poco, la verdad.

El caso es que este blog resultó terapéutico. Con el he vuelto a escribir y escribir dio sentido a las largas noches de hotel que pasé durante el primer año mientras trabajaba fuera de casa. También empecé (los findes) a cocinar de otra manera. Disfrutando como siempre, pero pensando además en cómo compartirlo con otras personas: cual era la mejor manera de contar una receta, cómo fotografiarla… y ha resultado muy estimulante.

Este segundo año, de blog y de crecimiento personal, ha sido más fácil e infinitamente más divertido. Dejar el trabajo, mudarme a Milán, permitirme hacer un master sobre un sector que me apasiona… Muchos cambios de esos que dan miedo del bueno me han hecho descubrir otras caras de mi misma y nuevas satisfacciones (a veces dejando poco espacio para el blog, lo reconozco).

El caso, que espero celebrar muchos otoños más juntos, con quien quiera que esté del otro lado. Espero seguir creciendo, seguir creando y compartiendo. Espero que atravesemos juntos nuevas etapas: la de decir que “no” a todo, la del ratoncito Perez, la de las trenzas… y muchas más. La de los piojos ya la hemos vivido por adelantado, eso que nos ahorramos!

Ah, la receta: una de las primeras recetas de este blog fue un risotto y hace poco preparé una versión nueva que me encantó. La clave estaba en el caldo, que preparé con la salsa de aquel roastbeef, y en un gran descubrimiento: la bresaola. La bresaola es una carne curada que normalmente se come tal cual pero que también se puede cocinar y que da un sabor entre salado y dulce buenísimo a los platos. La probé también en risotto con higos aunque eso ya para el verano que viene…

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Ingredientes para dos personas:

  • 100-150 gr de arroz para risotto (tipo carnaroli)
  • 1, 5 litro de caldo rico (abajo explico como lo haría para esta receta. En ese caso haría falta además tres cacitos de caldo de carne, un poco de cebolla de Ikea, unas castañas en conserva pero no son fundamentales,un chorrito de brandy y media cebolla sofrita 10 minutos)
  • Media cebolla amarilla (yo usé roja porque no tenía)
  • 8 calabacines mini en flor (aunque la flor no es fundamental, la verdad) o un calabacín grande
  • 8 lonchas de breasola
  • Parmesano rallado
  • Sal y pimienta

Pasos:

  • Poner a hervir el caldo. Yo propondría: coger un caldo ya hecho o 1,5 litros de agua con 3 cacitos de concentrado de caldo de carne (aquí no hay caldo Aneto).  Le añadiría un salteado de media cebolla con 3-4 castañas en conserva (dan un poco de dulzor y de textura), un par de cucharadas de cebolla de ikea (también da textura porque tiene harina) y un chorrito de brandy. Lo llevaría a ebullición y lo trituraría con la minipimer. Pero vamos, que un caldo normal también va bien.
  • Una vez listo, el caldo tiene que estar a fuego suave durante todo el tiempo (tiene que estar caliente cada vez que se añade un cazo a la olla con arroz).
  • Cortar la cebolla dorada en trocitos (mejor lo más finos posibles)
  • En una olla mediana (mejor de las que no se pega) poner a calentar un chorrito de aceite
  • Echar la cebolla y dorarla durante un par de minutos a fuego medio-fuerte. Luego, añadir el arroz y dorarlo durante otro par de minutos. Se pueden añadir los trozos de calabacín ahora pero quedaran muy blandos al final de la cocción (yo lo hice así por error). Si se prefieren crujientitos es mejor esperar a los últimos 5-7 minutos y echarlos directamente en el arroz).
  • Pasado este tiempo, añadir un primer cazo de caldo a la olla y remover enérgicamente. Bajar el fuego a medio. La clave del risotto es que el arroz libere almidon, que a su vez creará una especie de crema que ligará el plato (lo que no quiere decir que el arroz tenga que estar pasado, esa es el truco!). Por eso, hay que remover mucho el risotto aunque se puede hacer por tandas para no tirarse 20 minutos de pié sin hacer nada más que remover.
  • Después de un par de minutos removiendo, añadir otros 3-4 cazos de caldo. Remover bien un minuto y tapar. De esta manera se cocina el arroz solo, pero solo un ratito! (yo diría 5 minutos) antes de volver a echarle un ojo.
  • Pasados 5 minutos, destapar, remover, añadir otro cazo de caldo si se ha secado y remover. Yo aconsejaría probar el arroz a partir de este punto, aunque aún està muy duro porque ayuda a entender y a coger mano.
  • Añadir otro par de cazos de caldo, remover y tapar. Mientras, cortar los calabacines en trocitos no muy pequeños o en rodajas. Si vienen con flor, limpiar la flor, quitarle el centro y cortar los pétalos en tiras.
  • Volver a mirar el risotto, remover, probar y añadir otro cazo de caldo. En este punto si el arroz empieza a estar listo pero le falta un poco (tipo 5 minutos), añadir el calabacín y la bresaola. Remover y tapar. En todo momento el arroz tiene que borbotear ligeramente.
  • En este punto habrán pasado unos 20 minutos y puede que el risotto esté listo. Solo se puede saber probando. Lo importante es que si está listo pero un poco pegote, se añada uno o dos cazos más de caldo. Es mejor que esté caldoso-cremoso que pegote-cremoso porque el arroz continuará a absorber humedad en el plato y se volverá más seco.
  • En el ultimo momento, añadir las tiras de flor de calabacín a la olla, remover y tapar. Rallar un poco de parmesano (como un puñadito) y remover con el arroz. Esta fase se llama “mantecatura” y ayuda a ligar el risotto.
  • Servir rápido rápido antes de que se seque y se enfrìe!

El parque de los monstruos de Bomarzo

(Un plan otoñal: este fin de semana visitè el Parque de los Monstruos de Bomarzo, en provincia de Viterbo, a una hora de Roma. Este parque fue concebido por el principe Pier Francesco Orsini en el s. XVI para “desahogar el corazón”. Aunque a dìa de hoy no se ha podido interpretar con certeza su recorrido, es un paisaje onìrico y surrealista precioso, aunque un poco decepcionante si has visto demasiadas fotos online, así que no miréis!). 

El mejor tiramisú – Mundiales sin gloria

una cucharada de placer
Los mundiales son a los expatriados lo que el pan rallado a la croqueta: un rebozado de amor patrio. Porque a ese puñado de jugadores que corren bajo la lluvia te une algo más que lazos de sangre (ya podrían ser lazos de sangre…). Te une el metro setenta de altura media, las infancias con sabor a Colacao, media vida poniendo la mesa con los Simpson de fondo y los Boomerang rosa a 5 pesetas. Los mismos lazos de falsa sangre que te unen al grupito de españoles con quien quedas para ver los partidos.

Pero a la segunda de cambio eliminan a España y te quedas con cara de tonto y 4 packs de cervezas frías en la nevera. Qué haces con ellas ahora? Fácil: cual traidora sin escrúpulos, decides pasarte al bando Italiano, memorizas deprisa y corriendo cuatro nombres de jugadores al azar (mejor si son difíciles tipo Barzagli para un mejor resultado) e invitas a gente a casa para una noche partido-cerveza-tiramisù. Aunque para lo que va a durar Italia… 🙂

Hablemos del tiramisú. Como la mitad de la recetas de este blog, antes del amor absoluto hubo un momento de odio profundo: primero de pequeña cuando lo pedían los mayores y era un bajón ese toque a café y luego de mayor por culpa de demasiadas versiones industriales y rancias. Hasta que una receta tradicional buena y un toque afrancesado que me chivó una compañera Libanesa pastelera hicieron la magia.

Un buen tiramisù tiene que ser cremoso pero mantenerse firme. Ese maravilloso equilibrio se consigue atrapando todo el aire posible en una buena crema de mascarpone. No hay nada mejor que sentir en la boca como una cucharada de ese aire se funde, se libera con el calor y la humedad de la boca. Eso y la justa cantidad de azúcar ya hacen un buen tiramisù pero si además utilizas Speculoos en vez de Savoiardi el toque especiado y como caramelizado de estas galletas te hará llorar de placer.

Tiramisu paso a paso

Ingredientes para 8 personas (según la receta tradicional, aquí con todos los pasos)

  • 500 g de mascarpone
  • 6 huevos medianos
  • 1 paquete y medio de Speculoos Lotus o 1 paquete de Speculoos y medio de galletas tipo Savoiardi (tipo 400 gramos en total)
  • 1 taza de café (soluble tipo Nescafè Gran Aroma o tradicional en moka)
  • 120 gramos de azúcar + 2 cucharadas para el café
  • Cacao amargo en polvo

Para esta receta hacen falta a la fuerza varillas eléctricas de montar o un robot de cocina con la aplicación para montar nata y claras de huevo. Yo tengo la Kenwood pero para quién quiera comprar una batidora de las de mayonesa se puede aprovechar y comprar un pack con varillas tipo este.

Pasos:

  • Antes que nada: preparar una taza de café, con la moka italiana o con café soluble (yo usé café soluble por indicaciones de la chica pastelera pero no sé si importa). Mezclar con las dos cucharaditas de azúcar
  • Como yo tengo la Kenwood y no varillas eléctricas de mano, cambié un poco el orden de los pasos de la receta pero explico la receta normal.
  • Primero, separar la yema de los claras. No pasa nada si queda clara junto a la yema, pero las claras deben estar limpias de yema
  • Batir las yemas de huevo con la mitad del azúcar (60 gramos) hasta que se forme una espuma muy clarita en un bol grande

cuchara a medio chupar

  • Añadir el mascarpone poco a poco y seguir batiendo con fuerza con las varillas eléctricas hasta que quede una mezcla muy cremosa y algo “inflada” y cremosa
  • En otro bol grande, montar las claras de huevo a velocidad alta hasta que empiecen a coger consistencia y se vuelvan blancas. Entonces, añadir poco a poco la mitad del azúcar (60 gramos) y seguir montando hasta que esté a punto de “merengue” (hasta que se hagan picos rígidos al levantar las varillas)
  • Ahora viene la parte clave: incorporar las claras poco a poco a la mezcla de yemas y mascarpone con mucho cuidado para que no se pierda el aire. Este paso hay que hacerlo bien para que el tiramisú sea ligero pero con consistencia. La técnica para incorporar las claras consiste en pasar una cucharada de claras a la mezcla de yemas y usar esta para recubrir delicadamente las claras con movimientos envolventes de abajo hacia arriba, moviendo a la vez el bol en sentido de las agujas del reloj. Es importantísimo no sobremezclar, no convertir la mezcla en un liquido, tiene que estar lleno de aire y mezclar lo justo para que no haya grumos ni texturas distintas.
  • Ahora toca montar el tiramisú: abrir el paquete de galletas, coger unos cuantos recipientes (fuente de cristal, vasos de cristal, cuencos…). La técnica es siempre la misma: se empieza por una capa de galletas brevemente mojadas en café (depende de la consistencia: las galletas tipo speculoos ni siquiera un segundo porque se deshacen, los savoiardi un par de segundos). Se cubre la superficie del recipiente sin sobreponer pero sin huecos. Se cubre con una capa de crema como de un centímetro extendiéndola bien pero sin aplastar (sin que pierda el aire) y se repite la operación hasta la última capa hecha de crema espolvoreada de cacao en polvo
  • Meter en la nevera y dejar reposar al menos 4 horas (yo preparé el tiramisú a las 7 de la tarde y lo tomamos a las 12 de la noche pero estaba aun mejor al día siguiente)

tiramisu

 

Perfecto al final de una comida con: